ANTE AQUELLAS PALABRAS que bloqueaban mi capacidad de expresarme, que me dejaban como un témpano de hielo y las manos sudorosas, a la vez que sentía el deseo irrefrenable de estallar en pequeñas y afiladas explosiones, sólo podía pensar:
«¿Y si fuera cierto? ¿Qué ocurriría si tuviera razón?»
Pero ante todo, ante esas palabras y ante mí y mis atrofiados pensamientos, siempre juré luchar. No sólo por lo que quería ni a lo que me aferraba, sino a lo que me había sido dado por esa ciencia poco exacta, o demasiado inexacta, me atrevería a decir. A lo que la razón —mía y de cualquiera— escapaba comprender. Allí le dejé, con sus palabras, con sus frases neutralizantes, con sus versos que acabarían siendo también prosa, y pensando que él estaba en lo cierto, o quizá no.
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