SE PARECÍA a la sensación de despertar en el frío parqué y que el sol ya haya entrado en la habitación. Sin más que la ropa interior y el pelo en la cara. En cambio, y a pesar de esto, era como calidez y fuego. La abrasión de unos labios, la desecación de la piel, el temblor en el pulso, el ritmo acelerado.
Su roce era casi efímero, una danza a mi alrededor, como la de los boxeadores entrenando en el ring justo antes del combate, y mi ansia una necesidad incontrolable de alcanzarle, como el primer asalto, y al momento siguiente, una calma y una paz de domingo que me recorría el cuerpo hasta las yemas de los dedos, como el tiempo de descanso, reconfortante, que de nuevo volvía a recorrerlo hasta despertarme. Para prepararme para el siguiente asalto.
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